Mostrando entradas con la etiqueta Ajeno. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Ajeno. Mostrar todas las entradas
miércoles, 4 de septiembre de 2013
Laforet la Bella
"Hambre, hambre devoradora. Un hambre como nunca ha tenido Martín, ni siquiera en tiempos de guerra. El pan es amarillo y pesado, se rompe al caer al suelo. La abuela dice que no puede comer ese pan y guarda su ración para el nieto. Pan amarillo y boniatos asados. Verdura y pescado hervido porque el aceite escasea. Afortunadamente, hay naranjas. El abuelo está flaco y también tiene hambre; mira con ojos envidiosos las raciones del nieto".
"La Insolación", de Carmen Laforet.
domingo, 12 de junio de 2011
Fragmento de "La isla y los demonios", de Carmen Laforet
El aire cálido y el mar lleno de luz plateada la llamaban. Se desnudó rápidamente en aquella profunda soledad de la arena con luna, y se metió en el agua.
El mar guardaba el calor del día y Marta jamás había nadado así, con tal delectación, entre aguas cálidas, llenas de luz. La vida le parecía irrealmente hermosa. Tendida sobre el mar, sintiendo flotar sus cabellos, empezó a reírse suavemente. Nunca nadie comprendería el encanto de esta aventura contándola con las limitadas palabras que tenemos para expresarnos. ¿Qué podría decir? “Así ha sido el más hermoso día de mi vida: no comí y me fui en un coche polvoriento a buscar a mi familia a un sitio donde no estaba. Encontré a una persona a quien quiero mucho que estuvo riñéndome de la manera más agria. Dormí en un cuarto horrible lleno de pulgas, y cuando no lo pude resistir más salí a bañarme al mar yo sola, desnuda, en la noche.”
Y, sin embargo, ésta era la felicidad. Profunda, plena, verdadera. Cada uno tiene una manera distinta de sentir la felicidad, y ella la sentía así.
Y tuvo un temor grande y supersticioso de que el destino le guardara algo muy malo para vengar esta alegría que ella había alcanzado quizás indebidamente. Le parecía que jamás había oído a nadie que una muchacha de su edad hubiera tenido tal plenitud de dicha como la que ella sentía entre las aguas del mar del Sur, esta noche, sin merecerla.
El mar guardaba el calor del día y Marta jamás había nadado así, con tal delectación, entre aguas cálidas, llenas de luz. La vida le parecía irrealmente hermosa. Tendida sobre el mar, sintiendo flotar sus cabellos, empezó a reírse suavemente. Nunca nadie comprendería el encanto de esta aventura contándola con las limitadas palabras que tenemos para expresarnos. ¿Qué podría decir? “Así ha sido el más hermoso día de mi vida: no comí y me fui en un coche polvoriento a buscar a mi familia a un sitio donde no estaba. Encontré a una persona a quien quiero mucho que estuvo riñéndome de la manera más agria. Dormí en un cuarto horrible lleno de pulgas, y cuando no lo pude resistir más salí a bañarme al mar yo sola, desnuda, en la noche.”
Y, sin embargo, ésta era la felicidad. Profunda, plena, verdadera. Cada uno tiene una manera distinta de sentir la felicidad, y ella la sentía así.
Y tuvo un temor grande y supersticioso de que el destino le guardara algo muy malo para vengar esta alegría que ella había alcanzado quizás indebidamente. Le parecía que jamás había oído a nadie que una muchacha de su edad hubiera tenido tal plenitud de dicha como la que ella sentía entre las aguas del mar del Sur, esta noche, sin merecerla.
martes, 3 de mayo de 2011
Un poema de Gonzalo Rojas
Carta del suicida
Juro que esta mujer me ha partido los sesos,
Por que ella sale y entra como una bala loca,
Y abre mis parietales y nunca cicatriza,
Así sople el verano o el invierno,
Así viva feliz sentado sobre el triunfo
Y el estomago lleno, como un cóndor saciado,
Así padezca el látigo del hambre,
así me acueste
O me levante, y me hunda de cabeza en el día
Como una piedra bajo la corriente cambiante.
Así toque mi citara para engañarme, así
Se habrá una puerta y entren diez mujeres desnudas,
Marcadas sus espaldas con mi letra, y se arrojen
Unas sobre otras hasta consumirse.
Juro que ella perdura porque ella sale y entra
Como una bala loca,
Me sigue a donde voy y me sirve de hada.
Juro que esta mujer me ha partido los sesos,
Por que ella sale y entra como una bala loca,
Y abre mis parietales y nunca cicatriza,
Así sople el verano o el invierno,
Así viva feliz sentado sobre el triunfo
Y el estomago lleno, como un cóndor saciado,
Así padezca el látigo del hambre,
así me acueste
O me levante, y me hunda de cabeza en el día
Como una piedra bajo la corriente cambiante.
Así toque mi citara para engañarme, así
Se habrá una puerta y entren diez mujeres desnudas,
Marcadas sus espaldas con mi letra, y se arrojen
Unas sobre otras hasta consumirse.
Juro que ella perdura porque ella sale y entra
Como una bala loca,
Me sigue a donde voy y me sirve de hada.
sábado, 16 de abril de 2011
"Homenaje", de Juan José Millás
A los suicidas. A los niños suicidas, a los adolescentes suicidas, a las amas de casa suicidas, a los contables suicidas, a los ministros del Interior suicidas, a las taquilleras suicidas, a los ancianos suicidas, a los terapeutas suicidas, a los biólogos suicidas, a las monjas suicidas, a los forenses suicidas, a los entomólogos suicidas, a los diáconos suicidas, a los tuertos suicidas, a los insomnes suicidas, a las princesas suicidas, a los cobradores de autobús suicidas, a los enterradores suicidas, a los novelistas suicidas (a los poetas suicidas, no; no haber sido poetas), a los radioyentes suicidas, a los vendedores de flores de plástico suicidas, a los arcángeles suicidas, a los trapecistas suicidas, a las comadronas suicidas, a los agrimensores suicidas, a los correctores de pruebas suicidas...
Pero especialmente a los suicidas rotos. Al que le falló la pistola en el cuarto de baño, por ejemplo, y regresó al salón y se sentó junto a su esposa como si viniera de lavarse las manos y continuó atento al telediario e hizo los comentarios de siempre y se tomó antes de acostarse la infusión de valeriana de todos los días. Al que durante la cena de los sábados, con los amigos del ático, pidió excusas para ir al lavabo y se asomó a la terraza y ya estaba a punto de arrojarse cuando su móvil vibró dentro del bolsillo arrancándole del estado de concentración preciso para largarse de este mundo. Al que adquirió en la ferretería una manguera del diámetro del tubo de escape de su coche y se fue al campo y la conectó y la metió por la ventanilla y cerró los ojos dispuesto a expirar, pero se despertó vivo a media tarde porque el coche se había calado antes de emitir las dosis recomendadas de CO2.
A los muertos vivientes, en fin, estas líneas para compensarles del mal trato que reciben en las películas de zombis.
*Ilustración de Claude Serre
domingo, 10 de abril de 2011
Un poema de Ángel Guinda
"El rinoceronte Clara", Jean-Baptiste Oudry, 1749
DE NIÑO YO VEÍA EN ZARAGOZA rinocerontes con cabeza de hombre, hombres con cabeza de pistola, hombres con cabeza de falo, hombres con cabeza de copón, hombres con cabeza de mardano, con cabeza de buey, de jíbaro; hombres cabezones, cabezudos, hombres con la cabeza en los pies. Ovejas con cabeza de mujer, mujeres con cabeza de cuna, mujeres con cabeza de cierva, mujeres con cabeza de fogón, mujeres con cabeza de basílica, con cabeza de virgen, de holocausto; mujeres con cabeza de piedad, mujeres con la cabeza entre las manos. Manadas de mujeres y de hombres con cabeza sin ojos, boca, orejas, nariz. Hombres y mujeres sin cabeza. Y cabezas rodando por las calles.
La azarosa vida de Clara, la rinoceronte, aquí
domingo, 27 de marzo de 2011
Un poema de Mía Gallegos
Mi rebelión
Un día partí lejos.
Cuando mi padre se olvidó
que yo tenía senos.
Callé de golpe y dije adiós.
-Decir adiós es tener
pájaros feroces en las manos-.
Me fui hacia allá
donde todo es azul
y es torrencial y fresco:
la montaña.
Iba con mi arado silencioso
y un alto sueño de tambores
en las manos.
Inmensa,
conjugada con el viento,
recorriendo la cordillera
de mi vientre,
fresca como la santalucía
que nace libre
en los parajes.
Después ya nadie
me pronuncio en las clases,
ni en mi barrio
ni en mi casa.
Solo la leyenda
de mi valija al hombro,
con mi mochila de luz
creciendo arriba
de mi espalda.
Después,
ya nunca pregunto mi padre
si yo tenía lápida,
cruz
o alguna azucena dormida
entre los dedos.
Un día partí lejos.
Cuando mi padre se olvidó
que yo tenía senos.
Callé de golpe y dije adiós.
-Decir adiós es tener
pájaros feroces en las manos-.
Me fui hacia allá
donde todo es azul
y es torrencial y fresco:
la montaña.
Iba con mi arado silencioso
y un alto sueño de tambores
en las manos.
Inmensa,
conjugada con el viento,
recorriendo la cordillera
de mi vientre,
fresca como la santalucía
que nace libre
en los parajes.
Después ya nadie
me pronuncio en las clases,
ni en mi barrio
ni en mi casa.
Solo la leyenda
de mi valija al hombro,
con mi mochila de luz
creciendo arriba
de mi espalda.
Después,
ya nunca pregunto mi padre
si yo tenía lápida,
cruz
o alguna azucena dormida
entre los dedos.
sábado, 19 de marzo de 2011
Todo
Los muertos no necesitan
aspirina o
tristeza
supongo.
pero quizás necesitan
lluvia.
zapatos no
pero un lugar donde
caminar.
cigarrillos no,
nos dicen,
pero un lugar donde
arder.
O nos dicen:
Espacio y un lugar para
volar,
da
igual.
los muertos no me
necesitan.
ni los
vivos.
pero quizás los muertos se necesitan
unos a
otros.
En realidad, quizás necesitan
todo lo que nosotros
necesitamos
y
necesitamos tanto
Si solo supiéramos
que
es.
probablemente
es
todo
y probablemente
todos nosotros moriremos
tratando de
conseguirlo
o moriremos
porque no
lo
conseguimos.
Espero que
cuando yo este muerto
comprendáis
que conseguí
tanto
como
pude.
Bukowski
aspirina o
tristeza
supongo.
pero quizás necesitan
lluvia.
zapatos no
pero un lugar donde
caminar.
cigarrillos no,
nos dicen,
pero un lugar donde
arder.
O nos dicen:
Espacio y un lugar para
volar,
da
igual.
los muertos no me
necesitan.
ni los
vivos.
pero quizás los muertos se necesitan
unos a
otros.
En realidad, quizás necesitan
todo lo que nosotros
necesitamos
y
necesitamos tanto
Si solo supiéramos
que
es.
probablemente
es
todo
y probablemente
todos nosotros moriremos
tratando de
conseguirlo
o moriremos
porque no
lo
conseguimos.
Espero que
cuando yo este muerto
comprendáis
que conseguí
tanto
como
pude.
Bukowski
domingo, 13 de marzo de 2011
Comprar una playa con gritos
He vuelto ahora sin saber por qué
a estar triste más triste que un tintero
Triste no soy o si lo soy no sé
la maldita razón porque no quiero
He vuelto ahora sin saber por qué
a estar triste en las calles de mi raza
He vuelto a estar más triste que un quinqué
más triste que una taza
Estoy sentado ahora en un café
y mi alma late late
de sed de no sé qué
tal vez de chocolate
No quiero esta tristeza medular
que nos da un golpe traidor en una tarde
Pide cerveza y basta de pensar
El cerebro está oscuro cuando arde.
Escribir con una espada
Acariciar sin tener manos.
Encontrar pedazos de luna en los bolsillos.
Comprar una playa con gritos.
Ir al infierno a ver un amigo.
Enviar una mano a su amada.
Hipérbole del amoroso
Te amo tanto que duermo con los ojos abiertos.
Te amo tanto que hablo con los árboles.
Te amo tanto que como ruiseñores.
Te amo tanto que lloro joyas de oro.
Te amo tanto que mi alma tiene trenzas.
Te amo tanto que me olvido del mar.
Te amo tanto que las arañas me sonríen.
Te amo tanto que soy una jirafa.
Te amo tanto que a Dios telefoneo.
Te amo tanto que acabo de nacer.
Carlos Edmundo de Ory
viernes, 31 de diciembre de 2010
Feliz Año Nuevo
DIATRIBA CONTRA LOS MUERTOS
Los muertos son egoístas:
hacen llorar y no les importa,
se quedan quietos en los lugares más inconvenientes,
se resisten a andar, hay que llevarlos
a cuestas a la tumba
como si fuesen niños, qué pesados.
Inusitadamente rígidos, sus rostros
nos acusan de algo, o nos advierten;
son la mala conciencia, el mal ejemplo,
lo peor de nuestra vida son ellos siempre, siempre.
Lo malo que tienen los muertos
es que no hay forma de matarlos.
Su constante tarea destructiva
es por esa razón incalculable.
Insensibles, distantes, tercos, fríos,
con su insolencia y su silencio
no se dan cuenta de lo que deshacen.
Ángel González
Los muertos son egoístas:
hacen llorar y no les importa,
se quedan quietos en los lugares más inconvenientes,
se resisten a andar, hay que llevarlos
a cuestas a la tumba
como si fuesen niños, qué pesados.
Inusitadamente rígidos, sus rostros
nos acusan de algo, o nos advierten;
son la mala conciencia, el mal ejemplo,
lo peor de nuestra vida son ellos siempre, siempre.
Lo malo que tienen los muertos
es que no hay forma de matarlos.
Su constante tarea destructiva
es por esa razón incalculable.
Insensibles, distantes, tercos, fríos,
con su insolencia y su silencio
no se dan cuenta de lo que deshacen.
Ángel González
jueves, 30 de diciembre de 2010
Dos poemas de "El Imperio del CO2", de Lucas Rodríguez Luis

Raspa y gana
Esta semana he chocado
con la puerta automática del bus,
con el pomo de la puerta de mi casa,
con el hombro de un policía local,
con la pared de mi cuarto de baño,
con el armatoste de contenedor del reciclado
en la oficina
y con la esquina del extractor
pero nada
ni estallido en lenguas de fuego,
ni pirotecnias de andar por casa
ni lamentos maniáticos calcinados
nada,
al parecer
ando falto de fósforo.
Buen chico
Sólo pienso en hacer todo aquello
que mamá dijo que no estaba bien
por ejemplo:
No tener paciencia,
contestar, decir palabrotas,
irme con todas las chicas que pueda
-sobre todo con las más malas-
fumar porros, no dar ejemplo,
estudiar algo que no tenga futuro,
jugar al fútbol con zapatos
y dejar que los desconocidos
me regalen caramelos.
Ya soy grande para que mamá me castigue,
suficiente y trágico correctivo
es hacerse mayor.
Presentación del libro en Madrid el 15 de enero en La Librería Arrebato y después en Los Jacintos.
lunes, 27 de diciembre de 2010
Feliz Navidad
CITA TRISTE DE CHARLOT

Mi corbata, mis guantes,
mis guantes, mi corbata.
La mariposa ignora la muerte de los sastres,
la derrota del mar por los escaparates.
Mi edad, señores, 900.000 años.
¡Oh!
Era yo un niño cuando los peces no andaban,
cuando las ocas no decían misa
ni el caracol embestía al gato.
Juguemos al ratón y al gato, señorita.
Lo más triste, caballero, un reloj:
las 11, las 12, la 1, las 2.
A las tres en punto morirá un transeúnte.
Tú, luna, no te asustes,
tú luna, de los taxis retrasados,
luna de hollín de los bomberos.
La ciudad está ardiendo por el cielo,
un traje igual al mío se hastía por el campo.
Mi edad, de pronto, 25 años.
Es que nieva, que nieva
y mi cuerpo se vuelve choza de madera.
Yo te invito al descanso, viento.
Muy tarde es ya para cenar estrellas.
Pero podemos bailar, árbol perdido.
Un vals para los lobos,
para el sueño de la gallina sin las uñas del zorro.
Se me ha extraviado el bastón.
Es muy triste pensarlo solo por el mundo.
¡Mi bastón!
Mi sombrero y mis puños,
mis guantes, mis zapatos.
El hueso que más me duele, amor mío, es el reloj:
las 11, las 12, la 1, las 2.
Las tres en punto.
En la farmacia se evapora un cadáver desnudo.
Alberti

Mi corbata, mis guantes,
mis guantes, mi corbata.
La mariposa ignora la muerte de los sastres,
la derrota del mar por los escaparates.
Mi edad, señores, 900.000 años.
¡Oh!
Era yo un niño cuando los peces no andaban,
cuando las ocas no decían misa
ni el caracol embestía al gato.
Juguemos al ratón y al gato, señorita.
Lo más triste, caballero, un reloj:
las 11, las 12, la 1, las 2.
A las tres en punto morirá un transeúnte.
Tú, luna, no te asustes,
tú luna, de los taxis retrasados,
luna de hollín de los bomberos.
La ciudad está ardiendo por el cielo,
un traje igual al mío se hastía por el campo.
Mi edad, de pronto, 25 años.
Es que nieva, que nieva
y mi cuerpo se vuelve choza de madera.
Yo te invito al descanso, viento.
Muy tarde es ya para cenar estrellas.
Pero podemos bailar, árbol perdido.
Un vals para los lobos,
para el sueño de la gallina sin las uñas del zorro.
Se me ha extraviado el bastón.
Es muy triste pensarlo solo por el mundo.
¡Mi bastón!
Mi sombrero y mis puños,
mis guantes, mis zapatos.
El hueso que más me duele, amor mío, es el reloj:
las 11, las 12, la 1, las 2.
Las tres en punto.
En la farmacia se evapora un cadáver desnudo.
Alberti
lunes, 13 de diciembre de 2010
Caminos del espejo
I
Y sobre todo mirar con inocencia. Como si no pasara nada, lo cual es cierto.
II
Pero a ti quiero mirarte hasta que tu rostro se aleje de mi miedo como un pájaro del borde filoso de la noche.
III
Como una niña de tiza rosada en un muro muy viejo súbitamente borrada por la lluvia.
IV
Como cuando se abre una flor y revela el corazón que no tiene.
V
Todos los gestos de mi cuerpo y de mi voz para hacer de mí la ofrenda, el ramo que abandona el viento en el umbral.
VI
Cubre la memoria de tu cara con la máscara de la que serás y asusta a la niña que fuiste.
VII
La noche de los dos se dispersó con la niebla. Es la estación de los alimentos fríos.
VIII
Y la sed, mi memoria es de la sed, yo abajo, en el fondo, en el pozo, yo bebía, recuerdo.
IX
Caer como un animal herido en el lugar que iba a ser de revelaciones.
X
Como quien no quiere la cosa. Ninguna cosa. Boca cosida. Párpados cosidos. Me olvidé. Adentro el viento. Todo cerrado y el viento adentro.
XI
Al negro sol del silencio las palabras se doraban.
XII
Pero el silencio es cierto. Por eso escribo. Estoy sola y escribo. No, no estoy sola. Hay alguien aquí que tiembla.
XIII
Aun si digo sol y luna y estrella me refiero a cosas que me suceden. ¿Y qué deseaba yo?
Deseaba un silencio perfecto.
Por eso hablo.
XIV
La noche tiene la forma de un grito de lobo.
XV
Delicia de perderse en la imagen presentida. Yo me levanté de mi cadáver, yo fui en busca de quien soy. Peregrina de mí, he ido hacia la que duerme en un país al viento.
XVI
Mi caída sin fin a mi caída sin fin en donde nadie me aguardó pues al mirar quién me aguardaba no vi otra cosa que a mí misma.
XVII
Algo caía en el silencio. Mi última palabra fue yo pero me refería al alba luminosa.
XVIII
Flores amarillas constelan un círculo de tierra azul. El agua tiembla llena de viento.
XIX
Deslumbramiento del día, pájaros amarillos en la mañana. Una mano desata tinieblas, una mano arrastra la cabellera de una ahogada que no cesa de pasar por el espejo. Volver a la memoria del cuerpo, he de volver a mis huesos en duelo, he de comprender lo que dice mi voz.
Alejandra Pizarnik.
Y sobre todo mirar con inocencia. Como si no pasara nada, lo cual es cierto.
II
Pero a ti quiero mirarte hasta que tu rostro se aleje de mi miedo como un pájaro del borde filoso de la noche.
III
Como una niña de tiza rosada en un muro muy viejo súbitamente borrada por la lluvia.
IV
Como cuando se abre una flor y revela el corazón que no tiene.
V
Todos los gestos de mi cuerpo y de mi voz para hacer de mí la ofrenda, el ramo que abandona el viento en el umbral.
VI
Cubre la memoria de tu cara con la máscara de la que serás y asusta a la niña que fuiste.
VII
La noche de los dos se dispersó con la niebla. Es la estación de los alimentos fríos.
VIII
Y la sed, mi memoria es de la sed, yo abajo, en el fondo, en el pozo, yo bebía, recuerdo.
IX
Caer como un animal herido en el lugar que iba a ser de revelaciones.
X
Como quien no quiere la cosa. Ninguna cosa. Boca cosida. Párpados cosidos. Me olvidé. Adentro el viento. Todo cerrado y el viento adentro.
XI
Al negro sol del silencio las palabras se doraban.
XII
Pero el silencio es cierto. Por eso escribo. Estoy sola y escribo. No, no estoy sola. Hay alguien aquí que tiembla.
XIII
Aun si digo sol y luna y estrella me refiero a cosas que me suceden. ¿Y qué deseaba yo?
Deseaba un silencio perfecto.
Por eso hablo.
XIV
La noche tiene la forma de un grito de lobo.
XV
Delicia de perderse en la imagen presentida. Yo me levanté de mi cadáver, yo fui en busca de quien soy. Peregrina de mí, he ido hacia la que duerme en un país al viento.
XVI
Mi caída sin fin a mi caída sin fin en donde nadie me aguardó pues al mirar quién me aguardaba no vi otra cosa que a mí misma.
XVII
Algo caía en el silencio. Mi última palabra fue yo pero me refería al alba luminosa.
XVIII
Flores amarillas constelan un círculo de tierra azul. El agua tiembla llena de viento.
XIX
Deslumbramiento del día, pájaros amarillos en la mañana. Una mano desata tinieblas, una mano arrastra la cabellera de una ahogada que no cesa de pasar por el espejo. Volver a la memoria del cuerpo, he de volver a mis huesos en duelo, he de comprender lo que dice mi voz.
Alejandra Pizarnik.
sábado, 4 de diciembre de 2010
Un poema de Elvira Lozano
En la farmacia cuelga una bandera
de Argentina, y la cocinera del bar
se parece a ti. Porque todas,
de alguna manera, se parecen a ti.
Por eso, porque todo es parecido,
no he podido volver a disparar
la máquina de fotos. No quiero
conservar ninguna imagen más,
ningún recuerdo que se pueda
fotografiar. Tengo ya demasiados.
Hoy, en una fría región del Cosmos
de nombre Eridamus,
detectaron un agujero gigantesco,
de más de mil millones de años luz
de tamaño. Un agujero
relleno de nada, un fallo
en los cálculos matemáticos
de la Nada.
En un pecho cualquiera,
hoy en el mío,
caben varios agujeros como ese
de Eridamus, y tampoco sabemos
de que están hechos.
Quizás en el Cosmos existen también
los desiertos.
de Argentina, y la cocinera del bar
se parece a ti. Porque todas,
de alguna manera, se parecen a ti.
Por eso, porque todo es parecido,
no he podido volver a disparar
la máquina de fotos. No quiero
conservar ninguna imagen más,
ningún recuerdo que se pueda
fotografiar. Tengo ya demasiados.
Hoy, en una fría región del Cosmos
de nombre Eridamus,
detectaron un agujero gigantesco,
de más de mil millones de años luz
de tamaño. Un agujero
relleno de nada, un fallo
en los cálculos matemáticos
de la Nada.
En un pecho cualquiera,
hoy en el mío,
caben varios agujeros como ese
de Eridamus, y tampoco sabemos
de que están hechos.
Quizás en el Cosmos existen también
los desiertos.
miércoles, 15 de septiembre de 2010
Justificación de mi ausencia
Pero en palabras de Chantal Maillard:
"Necesito ausentarme de mí, tomar vacaciones, alejarme de todo lo que sé, lo que debo o debiera saber, ausentarme del "debo". Necesito tan sólo sentir cómo un rayo de sol se aposenta en mi mejilla y desciende por la curva del cuello. Hay un frescor de orugas verdes justo en el centro de mi escote".
"Necesito ausentarme de mí, tomar vacaciones, alejarme de todo lo que sé, lo que debo o debiera saber, ausentarme del "debo". Necesito tan sólo sentir cómo un rayo de sol se aposenta en mi mejilla y desciende por la curva del cuello. Hay un frescor de orugas verdes justo en el centro de mi escote".
miércoles, 18 de agosto de 2010
Gatos y despistes
Hace unos meses, imaginé una carta que podría haberle escrito Milena a Kafka. Ayer me llegó el número 95 de Turia, en la que está publicada. Abrí el libro/revista y me encontré de bruces con el poema. Asustada, me di cuenta de que me pasaba lo mismo que le sucede en el texto a la versión de Kafka creada por mi mente: no recordaba haber escrito ese poema. Pasé una página, y me encontre con un poema estupendo de Karmelo Iribarren. Aunque parezca extraño, me reconocí mucho más en él.
Helo aquí:
LOS GATOS
Lentos
por las aceras,
inmóviles
en las repisas,
aovillados
en los sofás,
nos miran,
nos observan,
nos escrutan.
Llevan
miles de años
haciéndolo.
Y siguen
marcando
las distancias.
Chicos listos estos gatos.
Helo aquí:
LOS GATOS
Lentos
por las aceras,
inmóviles
en las repisas,
aovillados
en los sofás,
nos miran,
nos observan,
nos escrutan.
Llevan
miles de años
haciéndolo.
Y siguen
marcando
las distancias.
Chicos listos estos gatos.
viernes, 13 de agosto de 2010
Tan alta como la luna
¿Desear lo imposible será mala cosa?
Yo acabo cansándome de mis deseos precisamente porque los deseo mucho. Los de toda clasificación. Los desgasto.
Quizás si deseara con menos intensidad, si fueran mis anhelos menos reconcentrados, sería más constante en mis querencias y llegarían a buen puerto algunos de mis propósitos.
Han llegado a producirme risa nerviosa mis propios deseos. Los veo paseándose ante mí como dodos desplumados y entonces no hay quien me pare. Claro, en ese punto ya no los quiero. Debieran ser sagrados pero yo los destrono con bastante facilidad.
Cómo van a tomarme en serio mis deseos si los señalo riéndome como una niña demente y diabólica, haciéndolos sentir los monstruos de la Corte.
Esta sucesión de caprichos grotescos se viene repitiendo en mí desde niña. Alguien tendría que haberme regañado a tiempo por reírme de los deseos. Desear es cosa seria. Para desear hay que ser muy valiente, y ésto lo vengo comprobando desde hace relativamente poco, dentro de mi
l e n t o proceso vital.
Hay que ser muy valiente, porque un día va y te pasa. Bueno, a mí no me ha pasado aún, me lo han contado. (Ya sabéis que yo deseo gorda, fuerte y dispersamente y esta combinación debe de ser fatal para los encargos del ojalá).
Te pasa y entonces tienes que vivirlo y ya la hemos liado.
También quisiera aprovechar esta confesión para pedir perdón públicamente. Porque a veces también me he reído de los deseos de los demás. Simulando ser sensata he cometido atentados horribles contra los hoyuelos de la gente. Si me conocéis, no me toméis en serio cuando me ponga así. Cuando parezco una institutriz cubierta de polvo decimonónico no dejo de ser una niña horrible que lanza sapos con su tirachinas.
No volveré a hacerlo jamás.
Aunque no haya sido con vuestros sueños ni la mitad de cruel que con los míos, nadie se merece algo así. Desear os ha hecho hermosos muchas veces y quizás d-e-s-e-a-b-a en ese momento algo de esa belleza para mí.
A pesar de todo, no han sido mis sueños demasiado malvados conmigo. A veces me han dado una colleja, cayendo en el jardín del vecino, como un meteórito con las señas confundidas o encarnándose en luciérnagas capaces de introducirse en las córneas de la gente que voy conociendo. Pero no considero nada de eso una venganza, ni un ultimátum. Al fin y al cabo han conseguido lo que querían.
He entendido que no son sólo los dignos los que se pueden permitir el lujo de desear, si no que atreverse a desear bien te convierte en alguien valiente y brillante.
Y bueno...
Vivir en la descreencia también tiene su punto, desde luego. Quizás vague por aquí todavía un tiempo antes de pararme a pensar en mis sueños, esa cosa tan violenta y turbadora.
Para los habitantes del lugar, recomiendo este poema de descreídos. ¿Quién es el idiota que sigue soñando con pisar la luna?
¿POR QUÉ NO HAY MÁS VIAJES A LA LUNA?
Cuando el bueno de armstrong dio aquellos pasos
todos registramos cómo se movía
tosco / pesado / en un suelo blancuzco
¿o era de piedra pómez? ¿quién se acuerda?
durante un rato estuvo cavilando
y la escafandra o como se llamase
impedía que viéramos sus ojos
pero juraría que su mirada era
de pereza o abulia
algo debió explicar a su regreso
algo diferente al discurso de gloria
que le ordenaron pronunciar eufórico
entre medallas flores vítores y guirnaldas
algo debió decir en privado a sus jefes
algo importante inesperado
verbigracia / cuando estaba allá arriba
caminando como un zoombie en la luna
mi general mi coronel pensé en ustedes
y se me ocurrió no sé por qué
que debía matarlos con urgencia
uno a uno / dos a dos / etcétera
o verbigracia dos / cuando andaba allá / heroico
pisando las feísimas arrugas del satélite
imaginé que así debía ser la muerte
es decir el paisaje de la muerte
o verbigracia tres / cuando estaba en selene
paseando por la nada como un imbécil
setí el asco infinito de la ausencia del hombre
y me dije qué mierda estoy haciendo aquí
algo así debe haber confesado a sus jefes
con su estrenada voz de robot disidente
y quizá por eso los dueños del poder
postergaron sine die los viajes a la luna
(Benedetti)
O este verso:
"Tengo bastante con morder algún pedazo de sueño para no olvidarme de las cosas importantes".
domingo, 8 de agosto de 2010
Poemas de Ferran Fernández
DICEN QUE LA DISTANCIA
Mi amor por ti
es tan grande
como la distancia
que nos separa
si quieres que no mengüe
por favor
no te acerques
DIÁLOGO
Cuando alguien me pregunta
por qué hablo tan poco y mal
de mi difunto padre
le contesto con un par de bofetadas
mi padre hubiera hecho lo mismo.
GEOGRAFÍA NOCTURNA
Hay mujeres que esperan
una palabra mía
un gesto preciso
una mirada
pero ¿dónde están?
http://www.ferranfernandez.com/
Mi amor por ti
es tan grande
como la distancia
que nos separa
si quieres que no mengüe
por favor
no te acerques
DIÁLOGO
Cuando alguien me pregunta
por qué hablo tan poco y mal
de mi difunto padre
le contesto con un par de bofetadas
mi padre hubiera hecho lo mismo.
GEOGRAFÍA NOCTURNA
Hay mujeres que esperan
una palabra mía
un gesto preciso
una mirada
pero ¿dónde están?
http://www.ferranfernandez.com/
lunes, 26 de julio de 2010
Un poema de Gracia Iglesias
MURCIÉLAGO QUIZÁS
Se miró en el espejo
convencido de que no se gustaba.
Resolvió ponerse boca abajo
y entonces se vio mejor.
Se miró en el espejo
convencido de que no se gustaba.
Resolvió ponerse boca abajo
y entonces se vio mejor.
jueves, 22 de julio de 2010
No quisiera morir

No quisiera morir
sin haber conocido
los perros negros de México
que duermen sin soñar
los monos de culo pelado
devoradores de trópicos
las arañas de plata
en el nido trufado de burbujas
no quisiera morir
sin saber si la luna
con su falso aire de moneda
tiene un lado puntiagudo
si el sol está frío
si las cuatro estaciones
no son en realidad más que cuatro
sin haber intentado
llevar un vestido
en los grandes bulevares
sin haber mirado
en una alcantarilla
sin haber puesto el sexo
en rincones extraños
no quisiera acabar
sin conocer la lepra
o las siete enfermedades
que se atrapan allí
el bueno como el malo
no me darían pena
si yo supiera
que lo iba a estrenar
y está también
todo lo que conozco
todo lo que aprecio
que sé que me gusta
el fondo verde del mar
donde danzan las brizas de algas
en la arena ondulada
la hierba tostada de junio
la tierra que se agrieta
el olor de las coníferas
y los besos de la
que si tal que si cual
la bella que está ahí
mi osezno, Úrsula
no quisiera morir
antes de haber gastado
su boca con mi boca
su cuerpo con mis manos
el resto con mis ojos
ya no digo más es mejor
no ser irreverente
no quisiera morir
sin que hayan inventado
las rosas eternas
la jornada de dos horas
el mar en la montaña
la montaña en el mar
el fin del dolor
los diarios en color
la alegría de los niños
y tantas cosas más
que duermen en los cráneos
de geniales ingenieros
de jardineros joviales
de inquietos socialistas
de urbanos urbanistas
y de pensativos pensadores
tantas cosas que ver
que ver y que oír
tanto tiempo esperando
buscando en la oscuridad
Y ya veo el final
que bulle y que se acerca
con su cara horrorosa
y que me abre sus brazos
de rana patituerta
No quisiera morir
no señor no señora
antes de haber palpado
el sabor que me atormenta
el sabor que es más fuerte
no quisiera morir
antes de haber probado
el sabor de la muerte…
Boris Vian
A mí tampoco me gustaría palmarla
lunes, 19 de julio de 2010
Porque la vida es un falso despertar

Los sueños de Helena
Aquella noche hacían cola los sueños, queriendo ser soñados, pero Helena no podía soñarlos a todos, no había manera. Uno de los sueños, desconocido, se recomendaba:
- Suéñeme, que le conviene. Suéñeme, que le va a gustar.
Hacían la cola unos cuantos sueños nuevos, jamás soñados, pero Helena reconocía el sueño bobo, que siempre volvía, ese pesado, y a otros sueños cómicos o sombríos que eran viejos conocidos de sus noches de mucho volar.
Los sueños olvidados
Helena soñó que se había dejado los sueños olvidados en una isla.
Claribel Alegría recogía los sueños, los ataba con una cinta y los guardaba bien guardados. Pero los niños de la casa descubrían el escondite y querían ponerse los sueños de Helena, y Claribel enojada les decía:
- Eso no se toca.
Entonces Claribel llamaba a Helena por teléfono y le preguntaba:
- ¿Qué hago con tus sueños?
El adiós de los sueños
Los sueños se marchaban de viaje. Helena iba hasta la estación del ferrocarril. Desde el andén, les decía adiós con un pañuelo.
Eduardo Galeano.
Aquella noche hacían cola los sueños, queriendo ser soñados, pero Helena no podía soñarlos a todos, no había manera. Uno de los sueños, desconocido, se recomendaba:
- Suéñeme, que le conviene. Suéñeme, que le va a gustar.
Hacían la cola unos cuantos sueños nuevos, jamás soñados, pero Helena reconocía el sueño bobo, que siempre volvía, ese pesado, y a otros sueños cómicos o sombríos que eran viejos conocidos de sus noches de mucho volar.
Los sueños olvidados
Helena soñó que se había dejado los sueños olvidados en una isla.
Claribel Alegría recogía los sueños, los ataba con una cinta y los guardaba bien guardados. Pero los niños de la casa descubrían el escondite y querían ponerse los sueños de Helena, y Claribel enojada les decía:
- Eso no se toca.
Entonces Claribel llamaba a Helena por teléfono y le preguntaba:
- ¿Qué hago con tus sueños?
El adiós de los sueños
Los sueños se marchaban de viaje. Helena iba hasta la estación del ferrocarril. Desde el andén, les decía adiós con un pañuelo.
Eduardo Galeano.
Suscribirse a:
Entradas (Atom)



