Wakan Tanka descendió de los cielos con una partida de armamento y la repartió entre los indígenas antes de la llegada de los conquistadores. Su población no fue diezmada y ellos se libraron de la invasión. Nadie aprendió el inglés; jamás existieron los Estados Unidos de América. Obama murió a los treinta y ocho años, después de haber pasado la vida pastoreando cabras en Kenia. Sin embargo, la crisis también alcanzó este territorio; y los habitantes aprendieron, sin que nadie les enseñara, la rentabilidad económica de venderse al extranjero como piezas exóticas organizando los primeros parques temáticos de la Historia. Toro Sentado, que dio nombre al parque, se suicidó a los pocos años de la apertura del recinto. No soportaba los remordimientos que le causaba el haber arrancado las cabelleras de tantos niños tocapelotas durante su número estelar. El parque pasó a llamarse "Wakan Tanka", como la súplica definitiva para volver hacia atrás y ser aniquilados.
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lunes, 2 de septiembre de 2013
lunes, 3 de enero de 2011
Textos del pasado
Dos años después, rescato este texto que habla de mi barrio. Entonces aún no me había marchado, pero ya intuía que mi partida no tardaría en producirse.
Mi actual barrio me gusta mucho. Y también juego a encontrarme con la gente por sus calles sin previo aviso.
La ofrenda aún no ha llegado. Tendrá que esperar un poco, pero no demasiado.
El barrio technicolor
Preparando un viaje a Buenos Aires, he llegado a la antología Buenos Aires/Escala 1:1.(Los barrios por sus escritores).
En el libro varios autores argentinos describen y fabulan sobre sus respectivos barrios de origen. Parece ser que el libro tuvo cierto éxito.
¿Pero quién no va a montarse una antología de puta madre con los barrios de Buenos Aires?
¿Cómo no escribir sobre Caballito, Flores o San Telmo? Para cualquier juntapalabras por mediocre que sea, no ha de ser difícil encontrar la inspiración en los recovecos de una ciudad como Buenos Aires.
Aunque no solo los barrios porteños son coloridos y grossos. El mío ha de serlo a ratos, solo que formar parte de sus personajes me deja lejos de él.
Hoy viajaba dentro del barrio y he cerrado los ojos recorriendo mentalmente el camino del bus de siempre. Es un número de la familia, una nave roja y maloliente que ha visto cómo he crecido y cambiado de aspecto, de amistades.
(Alguien me dijo una vez que podía recorrer cuando quería en su memoria las calles de su barrio desde la distancia, como si fuera una visita guiada en 3D. A mí me empieza a pasar lo mismo, aun sin tener todavía la necesidad de recordar algo no dejado atrás).
Cuando he abierto los ojos he pensado como siempre que era todo horrible: qué plaza más desangelada. Qué avenida mas sucia. Qué provinciana me siento en esta pequeña parte del mundo, entrando en este portal, subiendo estas cuestas. Oigo lo que una vez dije en estas cuestas. Y lo que oí meses después, y años después. Recuerdo caras que forman parte de mí, que se columpian desde mis pulgares hasta mi pecho casi desde mi nacimiento.
Y luego he tenido una sensación rara. Me he imaginado lejos del barrio, en una vida distinta, en un paisaje distinto, y he tenido la certeza de que eso llegará pronto.
Me he sentido libre y culpable a la vez.
Como mi barrio, mis pensamientos son también en technicolor.
Y es que yo no recuerdo, sueño el pasado. Y es más borroso incluso que cuando sueño el futuro.
Y si pienso en sudores del colegio, en charlas de pipa y banco o en vueltas a casa escupiendo cada letrero de las calles que me han amparado y perseguido, me envuelvo en tonos distintos que cuando me veo presentando al hijo de mis días ausentes como ofrenda y justificante.
Porque el sentimiento de pertenencia te da equilibrio pero también culpa, desgana y desgarro.
Uno piensa que el viento en su barrio sopla diferente que en el resto de la ciudad.
Es más, uno piensa que el viento de todas las ciudades del mundo no sopla como en aquella esquina de su calle.
Es irracional y orgánico, pero no hay principio aeronáutico que te pueda convencer de lo contrario.
Habría que estudiar la fuerza de los entramados. A mi nada me consuela tanto como pisar lo ya pisado mil veces.
Y en realidad estoy escribiendo ésto porque hoy he creído verte de nuevo.
Hace tiempo que no hablamos, pero no creo que hayas cambiado de opinión. Nunca querrías salir de aquí.
No sé si te hubiera gustado ser un icono de ninguna revolución, pero a lo mejor si te hubiera gustado serlo de nuestro barrio.
Salíamos a la calle y nos encontrabamos. Jugabamos a no quedar y a andar hasta encontrarnos en estas calles. Nunca pusimos reglas al juego, pero ganaba quien veía de lejos al otro, quien lo cazaba.
Más que cazarte me gustaba ver desde lejos tus andares. Y no es que estuviera enamorada de ti, no es que te eche de menos.
Pero a pesar de mi deseo de fuga, alejarme de aquí supone el riesgo de que nadie quiera jugar conmigo en las calles de ningún otro barrio.
Mi actual barrio me gusta mucho. Y también juego a encontrarme con la gente por sus calles sin previo aviso.
La ofrenda aún no ha llegado. Tendrá que esperar un poco, pero no demasiado.
El barrio technicolor
Preparando un viaje a Buenos Aires, he llegado a la antología Buenos Aires/Escala 1:1.(Los barrios por sus escritores).
En el libro varios autores argentinos describen y fabulan sobre sus respectivos barrios de origen. Parece ser que el libro tuvo cierto éxito.
¿Pero quién no va a montarse una antología de puta madre con los barrios de Buenos Aires?
¿Cómo no escribir sobre Caballito, Flores o San Telmo? Para cualquier juntapalabras por mediocre que sea, no ha de ser difícil encontrar la inspiración en los recovecos de una ciudad como Buenos Aires.
Aunque no solo los barrios porteños son coloridos y grossos. El mío ha de serlo a ratos, solo que formar parte de sus personajes me deja lejos de él.
Hoy viajaba dentro del barrio y he cerrado los ojos recorriendo mentalmente el camino del bus de siempre. Es un número de la familia, una nave roja y maloliente que ha visto cómo he crecido y cambiado de aspecto, de amistades.
(Alguien me dijo una vez que podía recorrer cuando quería en su memoria las calles de su barrio desde la distancia, como si fuera una visita guiada en 3D. A mí me empieza a pasar lo mismo, aun sin tener todavía la necesidad de recordar algo no dejado atrás).
Cuando he abierto los ojos he pensado como siempre que era todo horrible: qué plaza más desangelada. Qué avenida mas sucia. Qué provinciana me siento en esta pequeña parte del mundo, entrando en este portal, subiendo estas cuestas. Oigo lo que una vez dije en estas cuestas. Y lo que oí meses después, y años después. Recuerdo caras que forman parte de mí, que se columpian desde mis pulgares hasta mi pecho casi desde mi nacimiento.
Y luego he tenido una sensación rara. Me he imaginado lejos del barrio, en una vida distinta, en un paisaje distinto, y he tenido la certeza de que eso llegará pronto.
Me he sentido libre y culpable a la vez.
Como mi barrio, mis pensamientos son también en technicolor.
Y es que yo no recuerdo, sueño el pasado. Y es más borroso incluso que cuando sueño el futuro.
Y si pienso en sudores del colegio, en charlas de pipa y banco o en vueltas a casa escupiendo cada letrero de las calles que me han amparado y perseguido, me envuelvo en tonos distintos que cuando me veo presentando al hijo de mis días ausentes como ofrenda y justificante.
Porque el sentimiento de pertenencia te da equilibrio pero también culpa, desgana y desgarro.
Uno piensa que el viento en su barrio sopla diferente que en el resto de la ciudad.
Es más, uno piensa que el viento de todas las ciudades del mundo no sopla como en aquella esquina de su calle.
Es irracional y orgánico, pero no hay principio aeronáutico que te pueda convencer de lo contrario.
Habría que estudiar la fuerza de los entramados. A mi nada me consuela tanto como pisar lo ya pisado mil veces.
Y en realidad estoy escribiendo ésto porque hoy he creído verte de nuevo.
Hace tiempo que no hablamos, pero no creo que hayas cambiado de opinión. Nunca querrías salir de aquí.
No sé si te hubiera gustado ser un icono de ninguna revolución, pero a lo mejor si te hubiera gustado serlo de nuestro barrio.
Salíamos a la calle y nos encontrabamos. Jugabamos a no quedar y a andar hasta encontrarnos en estas calles. Nunca pusimos reglas al juego, pero ganaba quien veía de lejos al otro, quien lo cazaba.
Más que cazarte me gustaba ver desde lejos tus andares. Y no es que estuviera enamorada de ti, no es que te eche de menos.
Pero a pesar de mi deseo de fuga, alejarme de aquí supone el riesgo de que nadie quiera jugar conmigo en las calles de ningún otro barrio.
lunes, 10 de marzo de 2008
Greñas
Nunca me gustó ir a la peluquería.
En mi preadolescencia y adolescencia, a mi aparato dental y mis gafas de culo de vaso había que unirles una tendencia al enredón más que considerable.
Puede que fuera durante muchos años la chica mas despeinada de la región, para absoluto desespero de mi madre, que siempre ha llevado la expresión "correcto" aleteando sobre el manto dorado de su cabeza.
Ella era la única que de vez en cuando conseguía concertar para mí una cita en algún salón de belleza para que sanearan o modernizasen mis rizos. Y cuando esto pasaba, vivía la experiencia como un trauma verdadero.
El día de la cita con el peluquero me levantaba nerviosa, como presagiando algo malo, y no dejaba de pensar en la sonrisita estúpida que el "embellecedor" de turno iba a dirigir a través del espejo azul de su salita de beauté a mis enredones de colegiala fea.
Digo esto porque me acuerdo ahora de uno de los primeros peluqueros a los que confié mis greñas.
Él era un artista de la tijera, que regentaba un prestigioso salón de belleza en el centro de la ciudad y que logró convencerme a los quince años de que con unos reflejos rubios sobre mis rizos morenos estaría mucho más favorecida y que si me cortaba el pelo a la altura de las orejas dejando que mis ondas salvajes (él nunca llamó a los rizos rizos, sino ondas salvajes) se dispararan por su cuenta iba a dar una imagen mucho mas casual, fresca y desenfadada.
Yo no quería, lo juro.
Hubiera matado antes que dejar que ese imitador de Lauren Postigo me tocara un pelo. Pero sin embargo aparenté estar encantada con el cambio radical porque me miró de esa manera.
De esa manera me miran todavía ahora los profesionales de la belleza.
Como con miedo y lástima. Con desazón e incredulidad. Como si tuvieran delante a un marciano.
Entonces esa mirada me afectaba muchísimo, y dominaba cualquier rasgo de rebeldía en mí, me dejaba hacer por absoluta inercia. No tenía sentido que me negara a los cambios propuestos por mi peluquero porque su mirada me decía que me hiciera lo que me hiciera en las greñas nunca iba a ser un chica deslumbrante.
"Déjate hacer" me decían sus ojos "porque al fin y al cabo a ningún otro se le va a ocurrir nada que te salve"
No solo eran mis rasgos complicados, y mi pelo particular. También era yo misma, mi forma de analizar a la gente que entraba en el salón, mi incapacidad para mantener una conversación de cortesía con las demás clientas, mi sonrisa forzada en saludos, despedidas y recuerdos , mi súbita rojez en las mejillas y angustia en el pecho cuando el peluquero o alguna de sus ayudantes me informaban (como si yo solita no me hubiera dado cuenta ya) de lo poquísimo que me parecía a mi madre, tan rubia y ojoverdosa ella.
Cuando dejé de ir a esa carísima peluquería donde tan mal lo pasaba y donde me veía obligada a fingir maravilloso asombro ante cada barbarie que el peluquero jefe sometía a mis pelos, me decidí por las peluquerías del barrio, donde por lo menos no me dejaría la paga de un mes en ponerme cada vez más y más fea.
También decidí no volver a mirarme nunca más en los espejos de las peluquerías mientras me cortaban , me peinaban o me secaban el pelo.
Comencé a meter en mi bolso gruesos libros que procuraba fuesen lo suficientemente densos y complicados como para obligarme a no levantar la vista de las líneas en todo el ritual capilar.
No creo haber sentido nunca tal desolación como la que he sentido cuando he encontrado mi triste imagen en el reflejo de un espejo de peluquería.
Me siento sola y fea. Me siento anodina. Una figura sin formas definidas, un borrón extraño que transmite oscuridad y desespero.
Me forjé pues una imagen de rata de biblioteca entre la gente del barrio. Pero sobre todo me forjé una imagen de chica solitaria y extraña.
Porque esa es otra. No me gusta que me acompañen a la peluquería. No me gusta que nadie me vea en ese trance.
Incluso a veces cuando alguien me pregunta si he ido a la peluquería desvío el tema como si con esa pregunta se metieran en terreno vedado.
No transmito desespero entonces, pero no puedo evitar incomodarme cuando presiento que alguien se aproxima a hacerme un cumplido cortés al ver algún cambio en la forma de mi pelo.
Tengo un sentimiento ambiguo con los piropos , y esque la mayoría de las veces los creo mentiras piadosas. Y supongo que ésto proviene de aquel peluquero jefe que se empeñaba en decirme una y otra vez que con el pelo rubio y corto estaba divina, divina. Con dos cojones.
Sin embargo a veces en éstas visitas a mi infierno particular me encuentro con algún ángel de resurreción que se apiada de mí.
No me caen especialmente bien ni especialmente mal las peluqueras, esteticistas y demás fauna del acicalamiento, nuestra relación es distante y fría, pero alguna vez me atiende alguna muchacha con aires de Natalie Portman, sencilla, tierna y despierta, que me peina como todas pero yo siento que también me está curando alguna herida interna.
Y pienso que algunas peluqueras de barrio son las mujeres mas hermosas y gráciles del mundo.
Solo con ellas soy capaz de levantar de vez en cuando los ojos de mi lectura engorrosa y mantenerlos en el reflejo de mi nuevo peinado un minuto, dos.
No soy lesbiana, pero en esos momentos sufro algo parecido al flechazo amoroso, y me invade un sentimiento de culpabilidad inmenso por no haber sido un poco mas amable y dicharachera con todas las peluqueras que han sufrido mis rizos odiosos durante toda mi vida y tantas ganas de dejar de ser así de taciturna y perdida y convertirme en una chica alegre y dulce, con esa ligereza vital y esa devoción por el agrado ajeno al estilo de mi salvadora.
Lo deseo de veras.
En mi preadolescencia y adolescencia, a mi aparato dental y mis gafas de culo de vaso había que unirles una tendencia al enredón más que considerable.
Puede que fuera durante muchos años la chica mas despeinada de la región, para absoluto desespero de mi madre, que siempre ha llevado la expresión "correcto" aleteando sobre el manto dorado de su cabeza.
Ella era la única que de vez en cuando conseguía concertar para mí una cita en algún salón de belleza para que sanearan o modernizasen mis rizos. Y cuando esto pasaba, vivía la experiencia como un trauma verdadero.
El día de la cita con el peluquero me levantaba nerviosa, como presagiando algo malo, y no dejaba de pensar en la sonrisita estúpida que el "embellecedor" de turno iba a dirigir a través del espejo azul de su salita de beauté a mis enredones de colegiala fea.
Digo esto porque me acuerdo ahora de uno de los primeros peluqueros a los que confié mis greñas.
Él era un artista de la tijera, que regentaba un prestigioso salón de belleza en el centro de la ciudad y que logró convencerme a los quince años de que con unos reflejos rubios sobre mis rizos morenos estaría mucho más favorecida y que si me cortaba el pelo a la altura de las orejas dejando que mis ondas salvajes (él nunca llamó a los rizos rizos, sino ondas salvajes) se dispararan por su cuenta iba a dar una imagen mucho mas casual, fresca y desenfadada.
Yo no quería, lo juro.
Hubiera matado antes que dejar que ese imitador de Lauren Postigo me tocara un pelo. Pero sin embargo aparenté estar encantada con el cambio radical porque me miró de esa manera.
De esa manera me miran todavía ahora los profesionales de la belleza.
Como con miedo y lástima. Con desazón e incredulidad. Como si tuvieran delante a un marciano.
Entonces esa mirada me afectaba muchísimo, y dominaba cualquier rasgo de rebeldía en mí, me dejaba hacer por absoluta inercia. No tenía sentido que me negara a los cambios propuestos por mi peluquero porque su mirada me decía que me hiciera lo que me hiciera en las greñas nunca iba a ser un chica deslumbrante.
"Déjate hacer" me decían sus ojos "porque al fin y al cabo a ningún otro se le va a ocurrir nada que te salve"
No solo eran mis rasgos complicados, y mi pelo particular. También era yo misma, mi forma de analizar a la gente que entraba en el salón, mi incapacidad para mantener una conversación de cortesía con las demás clientas, mi sonrisa forzada en saludos, despedidas y recuerdos , mi súbita rojez en las mejillas y angustia en el pecho cuando el peluquero o alguna de sus ayudantes me informaban (como si yo solita no me hubiera dado cuenta ya) de lo poquísimo que me parecía a mi madre, tan rubia y ojoverdosa ella.
Cuando dejé de ir a esa carísima peluquería donde tan mal lo pasaba y donde me veía obligada a fingir maravilloso asombro ante cada barbarie que el peluquero jefe sometía a mis pelos, me decidí por las peluquerías del barrio, donde por lo menos no me dejaría la paga de un mes en ponerme cada vez más y más fea.
También decidí no volver a mirarme nunca más en los espejos de las peluquerías mientras me cortaban , me peinaban o me secaban el pelo.
Comencé a meter en mi bolso gruesos libros que procuraba fuesen lo suficientemente densos y complicados como para obligarme a no levantar la vista de las líneas en todo el ritual capilar.
No creo haber sentido nunca tal desolación como la que he sentido cuando he encontrado mi triste imagen en el reflejo de un espejo de peluquería.
Me siento sola y fea. Me siento anodina. Una figura sin formas definidas, un borrón extraño que transmite oscuridad y desespero.
Me forjé pues una imagen de rata de biblioteca entre la gente del barrio. Pero sobre todo me forjé una imagen de chica solitaria y extraña.
Porque esa es otra. No me gusta que me acompañen a la peluquería. No me gusta que nadie me vea en ese trance.
Incluso a veces cuando alguien me pregunta si he ido a la peluquería desvío el tema como si con esa pregunta se metieran en terreno vedado.
No transmito desespero entonces, pero no puedo evitar incomodarme cuando presiento que alguien se aproxima a hacerme un cumplido cortés al ver algún cambio en la forma de mi pelo.
Tengo un sentimiento ambiguo con los piropos , y esque la mayoría de las veces los creo mentiras piadosas. Y supongo que ésto proviene de aquel peluquero jefe que se empeñaba en decirme una y otra vez que con el pelo rubio y corto estaba divina, divina. Con dos cojones.
Sin embargo a veces en éstas visitas a mi infierno particular me encuentro con algún ángel de resurreción que se apiada de mí.
No me caen especialmente bien ni especialmente mal las peluqueras, esteticistas y demás fauna del acicalamiento, nuestra relación es distante y fría, pero alguna vez me atiende alguna muchacha con aires de Natalie Portman, sencilla, tierna y despierta, que me peina como todas pero yo siento que también me está curando alguna herida interna.
Y pienso que algunas peluqueras de barrio son las mujeres mas hermosas y gráciles del mundo.
Solo con ellas soy capaz de levantar de vez en cuando los ojos de mi lectura engorrosa y mantenerlos en el reflejo de mi nuevo peinado un minuto, dos.
No soy lesbiana, pero en esos momentos sufro algo parecido al flechazo amoroso, y me invade un sentimiento de culpabilidad inmenso por no haber sido un poco mas amable y dicharachera con todas las peluqueras que han sufrido mis rizos odiosos durante toda mi vida y tantas ganas de dejar de ser así de taciturna y perdida y convertirme en una chica alegre y dulce, con esa ligereza vital y esa devoción por el agrado ajeno al estilo de mi salvadora.
Lo deseo de veras.
jueves, 24 de enero de 2008
LA CASA ARDIENDO
Convivo con un fantasma.
No sé quien es, ni de donde ha venido, pero sospecho que procede de algún país tropical, porque en esta casa siempre hace mucho calor, sea verano o invierno, y supongo que la ha elegido por eso, por no cambiar su climatología habitual.
Siempre he notado su presencia, desde mi infancia: Cortinas que se movían levemente sin ninguna corriente de aire que las empuje, objetos que cambian de sitio, luces que se encienden y apagan solas...Lo típico y tópico de las apariciones de toda la vida, caramba. En este piso mundano de clase media no hay nada extraordinario, no iba a pedir yo un fantasma especial, vaya.
Dicen que los perros y gatos pueden captar los movimientos de los seres extraterrenales, y aunque yo no soy experta en temas parapsicológicos, debe ser verdad, porque mi perro anda loco a según que horas en la tarde y viene corriendo a mi habitación a esconderse bajo la mesa con las orejas en punta y los ojos fuera de órbita, mirando fijamente un punto en el espacio en el que yo no observo nada, pero él obviamente sí.
No es fácil decir que vives con un fantasma. ¿Cómo se introduce algo así en una conversación medianamente normal?
Es tan ligero el velo que separa a la vida y a la muerte, al mundo sin vueltas que conocemos y a aquello que no queremos nombrar...Tan ligero es que lo rehuímos espantados, le ponemos tabús a las palabras que forman su campo semántico, como lo hacemos con otras cosas que también constituyen la parte más esencial de nuestra vida.
El sexo y la muerte nos envuelven en nuestra vida cotidiana.
Son dos fuerzas que nos persiguen, que condicionan todas nuestras acciones, que determinan nuestro camino.
Tan estúpidos somos, tanto miedo tenemos, tanto pensamiento medieval queda todavía dentro de esta civilización moderna que huímos de lo que somos, bajamos el tono de voz cuando nos referimos a aquello de lo que estamos hechos, a aquello de lo que venimos y a donde vamos.
Reconozco que, en el fondo, la culpa de que no me haya creído nadie cuando he querido confíar mi secreto a alguien ha sido mía porque quizá no lo he contado con la suficiente transcendencia que semejante hecho merece.
Pero esque para mi cruzarme con el fantasma por el pasillo de mi casa se ha convertido en algo normal.
A veces me han dado tentaciones de invitar a mi casa a según que gente incrédula para que pasen conmigo y con mi fantasma algunas horas en las que él está especialmente inquieto.
A no ser que no le gusten los invitados inesperados, cosa que ya os digo, desconozco por completo de momento, no es violento, ni malvado, ni siquiera ruidoso(excepto aquel día que se empeñó en oír a la Callas una y otra vez en la minicadena del salón y nosotros, en la salita comentamos su buen gusto musical gratamente sorpendidos)
Que becqueriana soy a veces muy a mi pesar, pues últimamente me ha dado por imaginar que el fantasma es un hombre y está enamorado de mi.
Y cuando por las noches estoy a punto de dormirme y me sopla en la cara ( y a veces en los pezones, o eso he creído notar alguna vez…) aprieto los párpados muy fuerte para no caer en la tentación de abrir los ojos.
Me muero por verlo pero no quiero verlo. No me gustaría una noche, ceder a la tentación de desencajar los párpados y encontrarme con la imagen de mi difunta bisabuela, “la Pascuala” que viene a arroparme para que no coja frío.
No esque yo no quisiera a la Pascuala, pero no quiero perder la ilusión de creer que un apuesto espectro se niega a abandonar mi humilde morada porque está prendado de mí.
Notarlo cerca de mi es una sensación extraña, de la que no me puedo desprender en un buen rato. Algo así como cuando tienes un presentimiento tan fuerte que nadie te convence de que quizá no pase aquello de lo que tu estas tan seguro que pondrías las dos manos en el fuego, porque lo sabes, porque te invade una fuerza extraña por un segundo y te eleva a otra dimensión, como si de repente te percataras de que existe alguna divinidad que nos rige, y que hace que pienses que hay algo mas allá de este mundo matemático y exacto, de este mundoplano.
Y no me refiero a la pantomima esa del tunel luminoso, la gloria eterna y demás gaitas, no esa farsa, sino que caes en la cuenta en una décima de segundo de que hay un doble sentido, un código en el aire, cubierto y escondido por el polvo del paso de los años.
Cuando lo noto tras de mi, se con certeza que si me vuelvo despacio lo encontraré mirándome con una expresión serena en el rostro, puede que hasta con una media sonrisa un tanto timida, como disculpándose por estar ocupando un lugar entre los vivos.
Pero bueno, ya os habréis dado cuenta a estas alturas de que no me preocupa en absoluto este fantasma del trópico.
Hay cosas de esta casa que me preocupan más...
Porque en esta casa ardiendo las paredes no son paredes, sino trozos de algún infierno que no es el mismo que acoge siempre que quiero, sino otro que me aterra.
Y que yo tenga un ser que no forma parte del mundo de los vivos paseando tranquilo por el pasillo de mi casa no me libra de sufrir los síntomas de la cruda realidad, de todo lo palpable, de lo que golpea...
No sé quien es, ni de donde ha venido, pero sospecho que procede de algún país tropical, porque en esta casa siempre hace mucho calor, sea verano o invierno, y supongo que la ha elegido por eso, por no cambiar su climatología habitual.
Siempre he notado su presencia, desde mi infancia: Cortinas que se movían levemente sin ninguna corriente de aire que las empuje, objetos que cambian de sitio, luces que se encienden y apagan solas...Lo típico y tópico de las apariciones de toda la vida, caramba. En este piso mundano de clase media no hay nada extraordinario, no iba a pedir yo un fantasma especial, vaya.
Dicen que los perros y gatos pueden captar los movimientos de los seres extraterrenales, y aunque yo no soy experta en temas parapsicológicos, debe ser verdad, porque mi perro anda loco a según que horas en la tarde y viene corriendo a mi habitación a esconderse bajo la mesa con las orejas en punta y los ojos fuera de órbita, mirando fijamente un punto en el espacio en el que yo no observo nada, pero él obviamente sí.
No es fácil decir que vives con un fantasma. ¿Cómo se introduce algo así en una conversación medianamente normal?
Es tan ligero el velo que separa a la vida y a la muerte, al mundo sin vueltas que conocemos y a aquello que no queremos nombrar...Tan ligero es que lo rehuímos espantados, le ponemos tabús a las palabras que forman su campo semántico, como lo hacemos con otras cosas que también constituyen la parte más esencial de nuestra vida.
El sexo y la muerte nos envuelven en nuestra vida cotidiana.
Son dos fuerzas que nos persiguen, que condicionan todas nuestras acciones, que determinan nuestro camino.
Tan estúpidos somos, tanto miedo tenemos, tanto pensamiento medieval queda todavía dentro de esta civilización moderna que huímos de lo que somos, bajamos el tono de voz cuando nos referimos a aquello de lo que estamos hechos, a aquello de lo que venimos y a donde vamos.
Reconozco que, en el fondo, la culpa de que no me haya creído nadie cuando he querido confíar mi secreto a alguien ha sido mía porque quizá no lo he contado con la suficiente transcendencia que semejante hecho merece.
Pero esque para mi cruzarme con el fantasma por el pasillo de mi casa se ha convertido en algo normal.
A veces me han dado tentaciones de invitar a mi casa a según que gente incrédula para que pasen conmigo y con mi fantasma algunas horas en las que él está especialmente inquieto.
A no ser que no le gusten los invitados inesperados, cosa que ya os digo, desconozco por completo de momento, no es violento, ni malvado, ni siquiera ruidoso(excepto aquel día que se empeñó en oír a la Callas una y otra vez en la minicadena del salón y nosotros, en la salita comentamos su buen gusto musical gratamente sorpendidos)
Que becqueriana soy a veces muy a mi pesar, pues últimamente me ha dado por imaginar que el fantasma es un hombre y está enamorado de mi.
Y cuando por las noches estoy a punto de dormirme y me sopla en la cara ( y a veces en los pezones, o eso he creído notar alguna vez…) aprieto los párpados muy fuerte para no caer en la tentación de abrir los ojos.
Me muero por verlo pero no quiero verlo. No me gustaría una noche, ceder a la tentación de desencajar los párpados y encontrarme con la imagen de mi difunta bisabuela, “la Pascuala” que viene a arroparme para que no coja frío.
No esque yo no quisiera a la Pascuala, pero no quiero perder la ilusión de creer que un apuesto espectro se niega a abandonar mi humilde morada porque está prendado de mí.
Notarlo cerca de mi es una sensación extraña, de la que no me puedo desprender en un buen rato. Algo así como cuando tienes un presentimiento tan fuerte que nadie te convence de que quizá no pase aquello de lo que tu estas tan seguro que pondrías las dos manos en el fuego, porque lo sabes, porque te invade una fuerza extraña por un segundo y te eleva a otra dimensión, como si de repente te percataras de que existe alguna divinidad que nos rige, y que hace que pienses que hay algo mas allá de este mundo matemático y exacto, de este mundoplano.
Y no me refiero a la pantomima esa del tunel luminoso, la gloria eterna y demás gaitas, no esa farsa, sino que caes en la cuenta en una décima de segundo de que hay un doble sentido, un código en el aire, cubierto y escondido por el polvo del paso de los años.
Cuando lo noto tras de mi, se con certeza que si me vuelvo despacio lo encontraré mirándome con una expresión serena en el rostro, puede que hasta con una media sonrisa un tanto timida, como disculpándose por estar ocupando un lugar entre los vivos.
Pero bueno, ya os habréis dado cuenta a estas alturas de que no me preocupa en absoluto este fantasma del trópico.
Hay cosas de esta casa que me preocupan más...
Porque en esta casa ardiendo las paredes no son paredes, sino trozos de algún infierno que no es el mismo que acoge siempre que quiero, sino otro que me aterra.
Y que yo tenga un ser que no forma parte del mundo de los vivos paseando tranquilo por el pasillo de mi casa no me libra de sufrir los síntomas de la cruda realidad, de todo lo palpable, de lo que golpea...
martes, 27 de noviembre de 2007
Inoportuna

Todos los allí presentes sabíamos que se nos acababa el tiempo, que por increíble que pareciese estaba llegando ese momento del que siempre habíamos evitado hablar a lo largo de nuestra vida, porque lo creíamos lejano, e incluso en algunos momentos de ilusión, inexistente.
Pero ahora olíamos la muerte tan cerca, que la gente de mi alrededor olvidó la capa de dignidad hipócrita que nos envuelve cuando la creemos lejos, y comenzó a suplicar el perdón de todos los dioses, confesando a gritos y de rodillas sus más horribles pecados.
Yo no sabía si comenzar también por los míos, no fuera que toda aquella gente se salvase de la angustia eterna, y yo, por rezagada, como siempre, me fuera derecha al infierno.
Todas estas ideas absurdas venían a mi cabeza porque de repente por mi mente comenzaron a desfilar todas las “sor” de mi vida explicando las acciones que me llevarían al cielo y las que me llevarían al infierno.
Recordé también las clases en la que aquellos pesados Cristos de madera se sujetaban milagrosamente de la pared.
Y me acordé vagamente de las oraciones que rezaba cuando era pequeña, y del orden de los mandamientos, a pesar de que con el paso del tiempo había renegado de ellos.
Ya iba a empezar a recitar en voz alta un padrenuestro algo improvisado(pues había descubierto que con la falta de costumbre, a pesar de mi momentánea lucidez religiosa, seguía mezclando trozos del Avemaría, del Credo y del Yo Pecador, como si fuese todo en el mismo saco de oraciones precipitadas), cuando me sorprendió oír detrás de mí a una mujer musulmana encomendándose a Alá.
El ataque cristiano-radical que estaba sufriendo en esos momentos cesó por un instante y me di cuenta de que aquella mujer realmente creía en cada palabra que salía de su boca, no como yo, que solo estaba segura de que en mi religión se acostumbraba a decir amén tras cada oración.
Pero no solo aquella mujer creía con fervor las palabras que dirigía a su dios. Algunos se encomendaban a Alá como ella, otros A mil Vírgenes distintas y otros incluso a las divinidades egipcias. Pero todo lo hacían con una devoción sagrada.
Fue entonces cuando decidí, casi instintivamente , encomendarme a ti.
Y medio sonreí en la sombra, comprendiendo en ese momento que siempre tuviste razón cuando decías que tengo la maldita costumbre de acordarme de ti solo en los momentos más inoportunos...
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